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Según
describe la mitología, el dominio del mundo fue repartido
entre tres hermanos: Zeus, Poseidón y Hades. Al primer dios
(Zeus/Júpiter) se le encomendó el gobierno del cielo;
a Poseidón (Neptuno) el poder sobre las aguas, y finalmente
a Hades (Plutón) el dominio del inframundo. En realidad,
tres dimensiones psicológicas: el mundo mental, el mundo
emocional y el ámbito inconsciente. Plutón actúa
a este último nivel, sobre todo aquello que opera bajo el
nivel de la consciencia, de ahí su relación con lo
más visceral y atávico; con las pulsiones profundas
que laten en nuestro interior. No es de extrañar que Escorpio-Plutón
represente el sexo y la muerte.
Sin
duda, la imagen más bella asociada a este planeta es la del
fénix. En Egipto era un ave mítica símbolo
de inmortalidad, ya que habiendo sido consumido por el fuego, resurgía
en vida de sus propias cenizas. A Plutón se le asocia con
el ave fénix porque es símbolo de la transformación
profunda y radical del hombre.
Plutón
es el guardián que observa atentamente nuestra respuesta
a la pregunta "¿Quién soy?". Y nos escucha
decir: yo soy mi dinero, soy mi relación de pareja, soy mi
sentimiento de felicidad, soy mi tristeza, soy deseo, soy mis recuerdos,
soy mi éxito profesional, soy mi enfermedad, soy mi talento,
soy mi desesperanza... Plutón observa sigilosamente cada
paso que damos en la construcción de nuestra identidad, sea
la que sea. Observa y espera el momento preciso para clavar su aguijón.
Así, cuando el escorpión hace su trabajo sentimos
dolor y escuchamos próxima la muerte...
Durante
mucho tiempo pensé que jamás podría mantener
a mi lado nada que amase. Este sentimiento de pérdida era
como una maldición y no conseguía desentrañar
su sentido. Se me viene una imagen a la memoria... hace un tiempo,
en otra casa. Vivía con Aitor. Era de noche y estaba sola
en el salón con mis gatas. Me quedé mirando el fuego.
No había más luz que la que daban las llamas. Empecé
a ver mi felicidad, el momento que estaba viviendo, mi sensación
de bienestar, la dulzura de saber que en el silencio de ese instante
sólo estaba el calor de mis gatitas, el crepitar del fuego
y Aitor durmiendo arriba. Sin embargo había algo más
y a medida que contemplaba el fuego más a fondo iba sintiendo
que se trataba de Plutón. Me recordaba que ese instante también
pasaría, que disfrutase de él sin apego. Creo que
esa fue la primera vez que no sentí a Plutón como
un aguijón helado y mortífero, sino como un compañero
que se acerca a recordarnos algo esencial. Esta vez era cálido
y embrujador como el fuego que miraba.
La
lección que Plutón nos enseña es la lección
del desapego. En sus tránsitos parece destruir aquello que
nos rodea: desestabiliza la pareja, cuestiona el trabajo, se lleva
a un ser querido, etc... por eso tiene mala imagen y parece ser
"el malo". Pero Plutón no es "el malo",
sino "el mago". El gran transformador. Cuando nos aferramos
a las cosas o nos apegamos a sentimientos, cuando construimos una
identidad ilusoria sobre cimientos ilusorios, Plutón irrumpe
en nuestras vidas. Parece que quisiera clavar el aguijón
o quitarnos algo, o dejarnos sin suelo firme bajo los pies... pero
todo cuanto quiere es susurrarnos al oído que seamos cuidadosos
al contestar la pregunta acerca de quiénes somos, porque
nuestra verdadera naturaleza es ilimitada.
Nunca
nadie me había enseñado nada tan hermoso. Gracias
Plutón, viejo amigo...
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