Las
cosas no suelen ocurrir según los planes trazados.
Y eso es algo que me suele poner muy nerviosa. No tengo mucha
capacidad de adaptación, y me gustaría mucho
tenerla. Creo que llevaría mejor las cosas que me ocurren
si pudiera amoldarme mejor a los cambios.
En
algunas situaciones de cambio, a veces hay otras personas
cerca que lo viven todo de una manera muy diferente a la mía
y, viendo lo mal que lo paso, no pueden evitar darme ánimos
para que cambie mi punto de vista, mi forma de tomarme las
cosas.
Y
supongo que ésa es la solución. Bueno, estoy
convencida de que lo es. Las cosas no van a dejar de cambiar
de vez en cuando hasta que me muera. Así es la vida,
una “permanente mutación”, aunque suene
paradójico. De forma que no queda otra que sea yo la
que cambie con los acontecimientos, la que se amolde, la que
abra su mente a una realidad cambiante, con tranquilidad y
alegría.

No
deja de ser un trabajo personal intenso. Mi rigidez sólo
se flexibiliza cuando viajo, y no suelo hacerlo diariamente.
Como
tantas otras cosas, tengo que aprender a tomar curvas y no
salirme de la carretera en los tramos sinuosos. Con esto quiero
decir que tengo que aprender a no desanimarme, a no perder
la ilusión cada vez que algo planeado no sale como
y cuando me gustaría, a amoldarme a las circunstancias
que me “tocan” vivir como si fueran las que “desearía”
vivir, por algo me están pasando, algo tengo que aprender
de todo esto.
A
este respecto hay una bonita frase de R. Tagore que dice:
“Si
lloras por que el sol se ha escondido,
las lágrimas te impedirán ver las estrellas.”
Yo
creo que esto es totalmente cierto. Cuando algo que me encanta
deja de pasarme, y comienzo a sentirme mal, triste, desilusionada,
apática... éstas mismas sensaciones me impiden
ver el mundo de posibilidades que ha quedado al descubierto
al irse lo que había.
Es
un hecho: en la vida hay curvas. Y está en mis manos
aprender a llevarlo mejor o seguir sufriendo cada vez que
tengo que girar. Está en mis manos descubrir que existen
las estrellas.

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