| Las
cosas pasan muy deprisa, de un día para otro, de unas
horas para otras, de un momento a otro, en un constante mutar
de energía sobre el que hay que navegar pacientemente.
Las
noticias pronto se quedan anticuadas, porque otras cosas comienzan
a pasar.
Estoy
en el avión, alejada de mi grupo de gente, y me parece
una señal significativa. Una semana para digerir, planear
una estrategia, descansar e intimar conmigo misma. Ciertamente
no me siento nada sola, y agradezco estos momentos de silencio,
sin tener que hablar de nada.
Tengo
la sensación de que algo se ha abierto. No, más
bien es como si el reloj hubiera empezado a funcionar, o si
hubiera cruzado algún umbral, a partir del cual ni
apreciación de mí misma y de mi entorno ha variado.
Es como si ya no existieran reglas y yo pudiera decidir cómo
va a ser, cómo quiero que ocurran las cosas, proporcionando
una serie de pautas, observando el acontecer, navegando entre
las olas que se forman hasta el objetivo que me he marcado.

No
hay nada que me inspire más que un viaje, porque siempre
me siento como renovada. Me alejo de los objetos que habitualmente
me rodean y me hacen, y exploro otras facetas de mí
que normalmente no se manifiestan. Esto me proporciona otros
puntos de vista, otras visiones, y siempre vuelvo con la esperanza
renovada.
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