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Atardecer
frente al monte Saint-Michel. Un montón de caravanas se agolpan
en el parking frente al monte. Unos pocos coches y una tienda de
campaña. Estoy pensando en poner la mía también.
Grupos de personas con las manos en los bolsillos se acercan en
silencio a la orilla. Está subiendo la marea. Viendo durante
el día la enorme extensión de tierra arenosa, uno
nunca juraría que la marea tarde tan poco en cubrirla de
agua. No me apetece irme de aquí esta noche.
Para
mí, este monte tiene un significado muy especial. Alguien
muy cercano me regaló hace muchos años una maqueta
de papel para montar, con la figura del monte Saint-Michel. Pasé
mucho tiempo y muy buenos momentos construyendo la maqueta, descubriendo
todos sus recovecos, buscando sentido a su arquitectura, imaginando
su realidad. Después de unos años, en los que pasaron
muchas cosas, y para tratar de ejercer el desapego, quemé
la maqueta junto con otras propiedades personales. Hoy siento que
ese final, convirtió mi maqueta en un mandala para mí.
Tanto tiempo concentrada en construir la maqueta lo mejor posible
(aunque fuera para tratar de evadir mi desastrosa situación
familiar) con el fin de quemarla en una pira.
Cuando
venía por la carreterita y vi a lo lejos el imponente peñón,
me quedé sin habla. Me impresiona su magnificencia, su enormidad,
a pesar de que lo conozco palmo a palmo.
Recorrer
sus calles, mucho más angostas y retorcidas de lo que puede
hacerse en papel. Reconocer aquel torreoncillo alejado que nunca
se llegó a pegar bien. Aquel monte que finalmente compruebo
que estaba bien montado...
Estoy
aquí, frente al monte Saint-Michel. Anochece y lo están
empezando a iluminar. Me emociona mucho. Una etapa más en
mi viaje. Un punto. Yo sé que los sueños pueden hacerse
realidad.
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