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La
primera vez que estuve en el lugar del que les hablo ahora, apenas
habían transcurrido diez años desde que el hombre
pisó por primera vez la superficie de los cráteres
y atardeceres perpetuos de la Luna.
Entonces
muchos sólo pudieron contemplar perplejos las pantallas del
televisor, y antes y después de aquello, muchos se conformaron
con mirar hacia arriba para soñarse Armstrong, Ícaro
o un personaje de la Odisea en el Espacio.

Semejante acontecimiento o alunizaje ignoraba, que cientos de generaciones
antes, los antepasados guanches de las Islas Canarias y los colonos
beréberes de la costa de Mauritania ya habían descubierto
el espejo cóncavo del satélite que se escondía
entre nosotros.
Ese
espejo está todavía hoy en la isla de Tenerife. Bautizado
alguna vez como Las Cañadas, asentado a fuego lento a 2 mil
metros más cerca del cielo, este lugar aglutina un pedazo
de luna que se le cayó a la luna, y que dejó en la
isla la huella de un inmenso orificio...según cuenta una
leyenda que se me ocurrió súbitamente y desde aquel
primer momento infantil de estupor y fascinación.
El
circo de Las Cañadas es una de las mayores calderas del mundo
y un gran cuenco de sorpresas que popularmente se conoce como El
Valle de La Luna, por sus semejanzas volcánicas con los oníricos
paisajes del satélite terrestre.
Allí
la lava, procedente de distintas erupciones que extendieron su lengua
a lo largo de 23 km de perímetro, da forma a un paisaje elíptico,
extraterrestre y caótico en formas, colores, y contrastes
que van del negro al negro y del rojo al rojo, pasando por los tonos
mostazas que deja la pastosa cal. Las juguetonas formaciones pétreas
dan fe de los miles de años de un rugir volcánico
que dejó su sello en las lenguas de lava de la zona conocida
como de las Piedras Arrancadas, un lugar donde la energía
se desborda y donde la tierra deja constancia de su poder universal.
Más adelante, un fabuloso escaparate de obsidiana, una especie
de vidrio brillante, se arrastra bruscamente hasta las mismísimas
faldas de Montaña Rajada.

Arriba, en el techo de las islas, el omnipresente Teide.
El
Valle de la Luna es un oasis de belleza salvaje del interior de
la tierra, una herida abierta de las bajas profundidades, o quizá
un cúmulo de fuerza estremecedora que es capaz de albergar,
entre tanta falsa esterilidad, especies endémicas únicas,
como el tajinaste, una de las flores más originales e impresionistas
que unos ojos han visto jamás.
Aquellos
que se acerquen por vez primera a este espejo de la luna, a este
remanso de satélite que se escondió en la isla, y
aquellos que se acerquen por segunda o decimocuarta vez vivirán
de súbito tres o más cuentos de Julio Verne, sentirán
el placer de sentarse junto a las estrellas y sabrán, sin
lugar a dudas, que la esencia de la luna está en la tierra.
Y entenderán que la esencia de lo anhelado, de lo elevado
y universal, está justo entre nosotros, o mejor aún,
en nosotros mismos.
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