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Por último, ¿dónde
y cuándo ayunar?. En cualquier lugar donde nos encontremos
a gusto, donde haya un ambiente cálido y agradable. Donde
estemos tranquilos y nos dejen tranquilos; donde no tengamos prisa.
Con frecuencia nos apetecerá recogernos y no mantener demasiadas
relaciones.
Si
elegimos nuestra casa, que por otra parte es lo más normal,
recordemos que ahí nos acechan nuestras
antiguas costumbres. Si lo tenemos presente y estamos preparados
para ello, adelante, que ya queda menos para empezar lo bueno.
En
respuesta a la segunda pregunta, lo ideal es ayunar durante
nuestro tiempo libre, planificando una semana de vacaciones.
Ayunar y estar libre son conceptos que van de la mano. El ayuno
precisa de libertad de las presiones y obligaciones de nuestra
vida cotidiana, así como de tranquilidad, silencio y
alejarnos de malos ambientes y olores.
Pero, ¡ojo!,
si no se puede hacer en vacaciones, tranquilidad: busquemos
una temporadita de menos trabajo y arreglado. De hecho, la
rutina diaria distrae especialmente bien el deseo de comer;
aunque no es distracción precisamente lo que vamos
buscando, sino interiorización, pero para una aproximación
al ayuno, puede ser válido.
En
ambos casos, sigamos unas normas muy sencillas y disfrutaremos
aún más:
Levantémonos un pelín
antes, para poder dedicar un poco más de tiempo a nuestro
aseo diario (el olor corporal y el aliento aumentan).
No nos apresuremos al ir al trabajo; si podemos, hagámoslo
andando, o aparquemos el coche un poco más lejos, o bajemos
un par de paradas antes de nuestro transporte habitual.
Subamos y bajemos andando las escaleras.
El tiempo que empleábamos para comer, podemos
usarlo ahora para dar un paseo o para una siestecita (para la que
casi nunca tenemos tiempo y ¡son tan ricas!).
Después del trabajo, recojámonos en un
ambiente agradable e íntimo y hagamos lo que nos apetezca:
leer, escuchar música, dormir.
Rechacemos o filtremos visitas e invitaciones. No es
el mejor momento.
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