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Años
que se eternizan, que no dejan ver la luz de las estrellas, que
rodean el crepúsculo con brazos abigarrados... No es ese
el tiempo que inspira mis latidos, es otro. Me remueve la tierra
el segundo que pasó hace un segundo porque sé que
el segundo en el que ya pienso es un segundo pasado cuando lo escribo
y así sucesivamente... El tiempo es un juego de destrezas,
como el amor compartido entre colegas de lecturas y buceadores de
sábanas. A lo mejor no te da para nada y vas chorreando agua
con jabón porque no llegas ni en sueños al recreo,
pero créeme cuando te cuento que no quepo en mí de
gozo al escribirte con la intemporalidad fragrante que es el sonido
díscolo pero ineludible de mi propio camino, donde el segundo
que precede al segundo del otro segundo carece de sentido rítmico
y de gradación conmemorativa. Y no hay brazo que lo sujete
ni por todo el oro del mundo: dure lo que dure, pase lo que pase,
tendré que seguirlo sin condiciones ni dolor de vientre.
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