| Rudeth,
el ventero, coleccionaba moldes de quesos. A los que conocía
les aseguraba que en la circunferencia escondía la luz estancada
del tiempo.
Tenía
un almacén repleto de moldes.
Tantos,
que en los márgenes del techo se perfilaba una sucesión
de planetas imaginarios con tiempos dudosamente indefinidos.
El
sabor y la procedencia del queso no determinaban la calidad de la
luz que Rudeth acumulaba, aunque su increíble capacidad memorística
le habían llevado a la conclusión de que los quesos
franceses superaban a los suizos en tiempos pretéritos.
Una
tarde, repasando moldes, descubrió una circunferencia intrínseca
a otra circunferencia que desbarató la luz de su retina.
Desde entonces, Rudeth escucha siempre una voz propia que le repite:
"Círculos
desde los que te asomas al mundo con las alas puestas y plegadas.
Atados los pensamientos a las comisuras de las plumas, te acercas
al centro de la circunferencia y anuncias tu partida con un canto
nuevo en apariencia. Rompe la barrera de la perspectiva y hallarás
la verdadera dimensión del aletear de todos tus motivos.
Y si la vista del alma se hace eterna y te ciega, no temas: rodearás
largas cordilleras, llanos y una playa de arena casi transparente".
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