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Hoy
llega a mí una brisa renovada y centrifugada. La apresaré
y la esconderé en un rincón inhóspito, allí
donde los corazones anhelantes yacen impasibles.
Me refresco la cara con gotas difuminadas de espejismos que consumen
la plenitud de mi piel. Que se me despierten los poros ahora que
tengo razones, y que me pretenda la vida entre los jardines de invierno
porque allí estaré, entre las mejores flores: las
que superan con creces la consternada silueta de la tormenta de
hielos.
No me encontraré en otro lugar, porque no lo quiero.
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