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La
redondez ceremoniosa de tus mejillas invadió mis labios en
forma de cosquilleo inquieto.
Me desprendí inconsciente de prejuicios y cronometrajes y
me abalancé con un sonoro bocado en tu cálida cumbre
del noroeste.
Y tú, con los ojos atónitos, el ceño fruncido
y la lógica burlada, me aplicaste una bofetada sonorísima,
de lado a lado, a lo Gilda. Universal y emocionante.
Y nos amamos para siempre.
Jamás te había visto.
Jamás te volví a ver.
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