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Hubo
una vez un tiempo en que te importó todo, incluso la sombra
de la luz y el nombre que precede a todos los nombres.
Después hubo otro tiempo, y ya sólo te importó
el tú que precede al yo nuestro de todos los días.
Y ahora, cuando al fin colgaste al tiempo por las orejas, deshojas
importancias como quien respira a cada paso, y oteas la inmensidad
del horizonte de una vez y para siempre.
Te vuelves hacia las palabras y te llevas contigo a las que entonces
te correspondieron en el deseo de ser y que no te importara más
en qué estación olvidaste sacar billete.
Y yo, que subo las escaleras de dos en tres, y que aún miro
hacia los lados al acecho de otras importancias, por pura curiosidad
coleccionista,
te observo.
Y de vez en cuando espero, con una dulzura de sendero en la mirada,
que me muestres la sonrisa que todo lo sabe y que todo lo es.
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