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Supón
que es el aire que respiras, el mismo aliento de estos días
de desconcierto.
Suponte capaz de alcanzar con tus pulmones todas las distancias
de tu deseo; que te estiras y te encoges al calor de los atardeceres
naranja, al del silencio bullicioso de una mañana en un puerto
de pescadores. Supón que no hay nada más: Tu latido,
tú, tu aire, tú, tu verdad, tú, un ritmo pausado,
tú...
Cuantas
veces has de preguntártelo mientras tanto, ya sabes, la razón
última de esa piedrita incomodando tu andar dentro del zapato,
de una pluma en la nariz, pero sobre todo, de este estornudo desproporcionado
que escapa a tus brazos de par en par, a tus músculos contraídos,
a tu mirada perdida de verdad durante una milésima de segundo
que significa todo ahora, y nada después.
Supón
que este cuento es un experimento científico. Que la respiración
se entrecorta y surge de repente una inmensa y poderoso contracción
que trepa a trompicones por tu nariz, que alcanza la base de tus
párpados, que los cierras... y que la tempestad se desata
apasionadamente desde tus pulmones y hasta el cielo de tu paladar...
Supón
que después sientes que lo has hecho, que ha ocurrido, que
no hubo remedio ni alerta, que no tuviste todo el tiempo del mundo
para asimilarlo, que fue atrevido, inconsciente, casi animal...
¿Qué sientes? Supón que no lo sabes. Que no
te enteras, que te explayas en mil y una contemplaciones de ti misma
en un espejo que no soporta tus ojos, que no hay, de verdad, una
razón, una respuesta.
Supón
entonces que cualquier otro día sientes la misma inconfesable
y pavorosa sensación. Estás a punto de comprimir de
nuevo todos tus músculos, y te pican incluso los marcos de
la nariz, y te has provisto de pañuelos verdes de menta,
lima y esencias dispuestos a atrapar lo posible de lo innombrable.
Suponte que en el último momento, y con esa misma inexplicable
fuerza que te impulsó entonces a contraer tu cuerpo hasta
el enanismo, lo contagias ahora de un sabor a ti misma, tan dulce
y tan placentero que tu silueta entera se deshace en partículas
de aquí y ahora que se abalanzan con locura hasta el rincón
más frágil y supersticioso de tu alma.
Supón
un después. Después del estornudo, que incluso en
Bangkok, cuenta la leyenda que lo alcanzaron a escuchar a la hora
del desayuno, y en Tahití a la hora de la siesta,...
...Después,
aceptas, al fin, que tal impulso compulsivo no es más que
tú en un yo que te desborda.
Relajas
entonces tus trescientos millones de átomos y seiscientos
millones de células madre, tus glóbulos de colores,
los dedos de los pies, tu saliva, la mirada más verdosa que
nunca, el antes y el después, el ellos, el nosotros, la que
te escribe, el cuando lo lees, el tiempo aquel y la mujer de hoy.
Dejas que sea.
Supón
que te retiras, temblando, el pelo de la cara. Que contemplas el
naufragio como un baño de espuma, como un océano de
razones solo tuyas.
Entonces,
y sólo entonces, tu corazón, el gran ausente en toda
esta fantasía, se levantará despacio, apoyándose
en el quicio de tu boca, y dirá las palabras justas que acallen
todo tu Universo de estornudos, reducido ya a una pequeña
línea indivisible que te recorre por dentro, que te enlaza
de punta a punta, que se llama amor y que lleva y ha llevado, por
siempre, el reflejo hondo de tu nombre.
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