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Dreit
se levantó temprano esa mañana de sábado para
limpiar la casa y preparar una comida especial. Era su cumpleaños
y había invitado a Venice, su compañera de trabajo.
Se
dio una ducha rápida y se preparó un café negro
mientras se encendía el primer cigarro. Manteniéndolo
en una comisura de la boca y con un ojo cerrado por el humo, extendió
las manos con las palmas hacia abajo y las contempló durante
unos instantes. Lo hacía cada mañana, desde hacía
un año más o menos, cuando dejó de beber por
última vez. Apuró el café, encendió
la radio de madera y se entretuvo unos segundos sintonizando el
99.9 de la RKO para escuchar algo de blues, y empezó a barrer
el apartamento.
Al
rato pudo escuchar un ruido familiar de botellas y vasos de cristal
rodando por el suelo del piso de arriba, seguido por los gritos
de la mujer insultando a su marido. Dreit se detuvo, se enderezó,
le dio la vuelta a la escoba y le quitó las pelusas que se
habían agarrado. Se acercó hasta la radio donde se
podía oír una voz gastada cantando un viejo blues
y subió un poco más el volumen.
Cuando
terminó de barrer el reseco suelo de madera, se encendió
un cigarro asomado a la ventana de la habitación. Al mirar
abajo, en el callejón, pudo ver a un negro con un peto sucio
empujando un carrito de basura y silbando algo del sur. Luego estiró
la cabeza hacia arriba para ver un pedazo estrecho de cielo azul
y brillante recortado entre los tejados de los edificios grises.
Pensó en Venice, cuando la conoció unos meses antes,
en el primer trabajo que podía recordar sobrio y que aún
mantenía. Sintió un hormigueo por las manos seguido
de un ligero picor. Venice era alta, prácticamente tanto
como él, y recordaba que al verla por primera vez no quiso
prestarle atención, la encontró demasiado sexy, casi
vulgar y cómo, cuando les presentaron, tuvo que retorcerse
las manos para ocultar los temblores.
Dreit
apagó el cigarro contra la pintura desconchada del edificio,
echó el humo fuera y tiró la colilla al callejón.
Cogió un trapo, un producto de limpieza y se dispuso a limpiar
la nevera, primero por fuera, luego por dentro. Vació los
estantes sucios de óxido, aplicó el producto y comenzó
a frotar.
Al
ir a cerrar la puerta de la nevera pudo ver dos botellas de vino
enfriándose para la comida junto a una de leche fresca. Al
extender el brazo para cogerla sintió un escalofrío
y volvió a pensar en Venice. Dreit nunca habría imaginado
que ella se pudiera mostrar afable y cariñosa con él
y sin darse cuenta se encontró, allí en la oficina,
escuchando los seriales de la radio que ella le contaba, sorprendiéndose
cuando Venice le arreglaba el nudo de la corbata o le recogía
un mechón de pelo de la frente. Sonrió al recodar
todo aquello, cogió finalmente la leche, estuvo bebiendo
un rato directamente de la botella y al terminar se pasó
el dorso de la mano por los labios blancos y húmedos para
encenderse otro cigarro.
Al
dirigirse al baño oyó el fuerte chirrido de unos neumáticos
al frenar en la calle frente a su casa. Instintivamente tiró
el cigarro al fregadero y corrió a la ventana del comedor.
Desde allí pudo ver en el centro de la calzada a un niño
que se refugiaba en las faldas de su madre, a los pies de un coche
donde, asomado por la ventanilla, un hombre aparentemente borracho
les gritaba algo sin sentido, agitando mucho los brazos, mientras
una pelota grande y roja rodaba por la calzada, alejándose.
Dreit cerró la ventana con un golpe seco y preparó
el cubo y la fregona. Al repasar el suelo de la cocina, volvió
a pensar en Venice ayer, cuando la invitó a comer a su casa
con motivo de su cumpleaños. Dreit había estado toda
la semana inquieto pensando qué hacer, si invitarla o no,
cómo se lo diría, en qué momento. La noche
antes de decírselo la pasó dando vueltas en la cama,
y cada vez que se dormía tenía siempre el mismo y
extraño sueño: Se veía yendo a la oficina desnudo
y pidiéndole a Venice que comiera con él en su cumpleaños
y ella, dándose cuenta de su desnudez absurda, se reía
compulsivamente. Entonces Dreit despertaba jadeando y sudoroso y
todo volvía a empezar.
El
viernes antes del cumpleaños fue pronto a la oficina, nada
más llegar se preparó un café bien cargado
y se encendió un cigarrillo mientras esperaba la llegada
de Venice. Cuando la vio entrar no esperó a que se quitara
el abrigo y le preguntó directamente, casi a bocajarro, si
comería con él en su casa, el sábado, para
celebrar su cumpleaños. Al terminar de decírselo soltó
todo el aire que le quedaba en los pulmones, aspiró una profunda
calada del cigarro, se aflojó la corbata y la miró
brevemente a los ojos. Venice le miró entre sorprendida y
alegre y le dijo que iría encantada mientras dejaba el bolso
y el sombrero sobre la mesa del despacho.
Cuando
Dreit terminó de limpiar la cocina se fue con el cubo, los
productos de limpieza y varios trapos al baño. Allí
se empleó a fondo, fregó la bañera, el inodoro,
el lavabo, apenas se tomó un respiro para fumarse un cigarro
con la pequeña ventana del baño abierta. Al terminar,
empezó con los azulejos de las paredes y volvió a
pensar en Venice. La mente se le llenaba de aquella forma confiada
que tenía ella de mirarle, de su sonrisa amistosa. La recordaba
andando con esa forma tan particular, metiendo un poco los talones
al levantar los pies, como si no pesara. Dreit se podía quedar
quieto durante mucho rato sólo viéndola caminar. Pensando
en eso se le dibujaba una sonrisa en la cara y descubriéndose
sin hacer nada, reanudaba con fuerza la limpieza del baño.
Cuando
hubo terminado, todo estaba brillante y tenía la frente cubierta
de sudor. Se quitó la camiseta, se secó el sudor con
el antebrazo y empezó a limpiarse las manos en el lavabo.
Miró el reloj que estaba sobre el estante y vio que apenas
faltaban dos horas para que llegara Venice a comer. Se apresuró
a limpiarse las uñas con el cepillo, cerró el grifo
del lavabo y levantó la mirada hacia el espejo que estaba
frente a él, en el centro del baño.
La
pulida superficie del espejo le devolvió una imagen nítida
y brillante de todo el baño. Dreit sonrió al contemplar
todo tan limpio.
Entonces
fijó su mirada en el centro del espejo y se vio allí,
con el torso desnudo y la piel todavía sudorosa del esfuerzo,
un trapo raído asomando del bolsillo posterior del pantalón,
en medio del baño, rodeado de azulejos limpios.
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