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Reconozco
miles de ojos, cientos de latidos emocionados ante el paisaje.
Lo que se siente no es más que una magnánima dicha de naturaleza
eterna, un trémulo y a la vez sentido crepitar de hojarasca en septiembre,
níveas colinas y un crepúsculo cuajado de auroras boreales...
Abro
los puños y me desprendo de las canicas del retrato antiguo; contemplo
impávida una eternidad que despunta goces y un tiritar austero de
horizontes segados a media altura.
Reconozco Finlandia como se reconoce un cuerpo cercano al propio,
en un tacto trastabillado pero uniforme, consecuente y sensato.
Por eso los abedules, los pinos, los robledales y la tundra arremeten
con sana violencia contra los goznes de la conciencia agazapada,
porque sé que he venido aquí a descubrir mi diminuto reflejo en
el sol de una medianoche que, de soslayo, me devuelve la sonrisa
y un puñadito de florecillas frescas que una vez colgué de mi presencia.
Intensamente, y con la persistencia ensordecedora de una luz verdosa
sobre la que se estremecen los arcos, el Círculo Polar completa
el periplo y me despide de mí misma entonces, con tres estrellas
fugaces y un soñador disco anaranjado que envilece para siempre
al tiempo... y a la realidad que ya no me aprisiona.
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