|
Sobre
la mesa hemos dispuesto una única evidencia: lo que somos.
Hemos abierto
una latas de conserva y hemos desplegado un mapa incongruente de
los mil tesoros. Después tomamos un té amargo para
saborearnos más las unas a las otras desde nuestra única
y peregrina ilusión:
lo que somos.
De memoria me
susurran que estamos a tres mil setecientos cincuenta y dos kilómetros
de lo que éramos... Nos oteamos sin tapujos y sorbemos más
té. Las latas ya están vacías, huecas, mortecinas;
y entonces de repente caemos en la cuenta: ellas son el último
vestigio hostil de lo que dejamos a tres mil setecientos cincuenta
y dos kilómetros:
lo que fuimos.
Se cierra el
círculo, las aristas amoldan su curvatura a un nuevo volumen
de las cosas; se dislocan los relojes y confesamos, ante disimulada
inocencia, otra inusitada perplejidad colectiva:
lo que somos.
En este punto,
todo afuera revoluciona la orografía de la distancia, y se
agolpan ante nuestros ojos una medianoche más azul que nunca,
una estrella desbordante de previsiones halagüeñas y
una nube de renos que deambula ajena a todo por encima, a un lado,
o por los rincones de cualquier parte...
|