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(Cierra
los ojos.)
Haz, como si no escucharas el tintineo constante que atropella tu
alma.
(Dame la mano.)
Haz, como si no fuera yo sino el aire quien te zarandea leve y fugaz
por cada recodo de tu felicidad desprendida.
(Acércate.)
Haz, como si mi hombro fuera el sustento insinuado de otros goces
y otros susurros que marcan el curso de los vientos...(Allí
va y viene agitado tu pañuelito blanco, amargamente palidecido
por una creencia absurda con regusto a destino).
No te importe apenas una lágrima en mi cuello. Porque haz
como si llovieras desde mi omóplato y hacia arriba. Y no
dudes, di:
¡¡Cierra los párpados o te calaré hondo
hasta las pestañas!!!
Yo ya entenderé que están abiertos de par en par los
rinconcitos de tiempo que escondes con premura en cada palabra,
en cada emoción de veras, o en cada mueca esbozada que imagino
porque callas, y cuando callas, otorgas.
(Abrázame fuerte. Sin decoro.)
Destemplados los miedos quiero creer sintiéndote, y sintiéndome
creer (a lo largo de tu timidez de años y años a fuego
lento y contra ti misma) como tras las olas y en el camino se plantará
una sonrisa.
(Sonríes. Y me sonríes fuerte. Sin decoro.)
Me miras dulce y despistada, quizá prudente al saberte cómplice,
porque una ráfaga de felicidad te ha aturdido no sabes dónde.
Ahora sabes que está en ti y está en mí.
Sonríes.
Qué más da no saber dónde.
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