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El
primer día de insomnio fue cuando mi mujer me dejó,
llevándose los niños con ella. Para poder pasarles
la pensión empecé a trabajar turnos dobles en la fábrica
y todos los fines de semana que podía.
Al llegar a casa apenas cenaba y me acostaba temprano. Me dormía
de inmediato, despertando a las pocas horas. Entonces me levantaba
en la penumbra de la noche, me preparaba un vaso de leche tibia
y recorría, prácticamente a oscuras, las dos habitaciones
ya vacías, el dormitorio, el baño y luego me sentaba
en el centro del comedor frente a un gran ventanal que daba a la
calle, iluminado únicamente por la luz de las farolas. Allí
permanecía en silencio, muy quieto. Cubierto con una vieja
manta de cuadros buscaba la luna y luego observaba los muebles y
las paredes del comedor donde había marcas de cuadros descolgados,
todo bañado por una luz entre gris y violácea.
Normalmente estaba así durante un par de horas y luego volvía
a la cama sin que me costara, entonces, dormirme de nuevo hasta
el día siguiente.
Una noche, al despertar, me encontré con que había
estallado una fuerte tormenta y los relámpagos iluminaban,
intermitentes, el comedor. Esa noche no me preparé el vaso
de leche recorrí, sin embargo, durante horas toda la casa,
entrando una y otra vez en las habitaciones vacías, en el
baño, en el dormitorio.
En la penumbra rota a veces por la tormenta escudriñaba cada
rincón de la casa, andando muy erguido y concentrado, esperando
a que terminara la lluvia y de vez en cuando me detenía para
decir en voz alta, por ejemplo: Las tres y media y lloviendo.
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