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Hay
en Madrid un espacio soñado por alguien que vivió lejos,
una pesadilla abandonada en el mismo centro de la ciudad. Es
cierto, entre las calles Príncipe, Sevilla y la Carrera
de San Jerónimo, bajo la plaza de Canalejas a dos minutos
de la Puerta del Sol, el visitante podrá encontrar, apenas
visibles entre el tráfico y los peatones (turistas, empresarios,
gitanos, mujeres maquilladas) cuatro accesos a un mismo subterráneo
que nadie emplea para cruzar las calles o la plaza.
Junto
al título de Galería Comercial (una información
castrada de nombre) el visitante podrá leer dos carteles
amenazadores, dos, escritos a mano con pintura blanca sobre cristal
que nos advierten del interior: Rogelio Bocadillos y Ropa Gisbert
para niños de 0 a 16 años. Esta es toda la información
con la que el visitante contará en el recorrido a esta alucinación
en subsuelo.
Deberá ser
el visitante persona precavida y despierta que no se espante de
tinieblas y no ser medrosa o incapaz en medida alguna, pues durante
su estancia en La Galería no contará sino con la
rala humanidad de Rogelio Bocadillos (Lomo, Chistorra, Salsa Erótica)
si, desnortado o disuelta la voluntad, requiriera de ayuda ya que
en el interior no encontrará peatones ni municipales.
La
Galería es una tierra de inhabitantes, un espacio monstruoso
que sólo se puede esconder bajo tierra. Tres de los cuatro
accesos cuentan con una escalera mecánica virgen, muerta
y sucia de inactividad. Bajando por ella el ruido de la calle queda
atrás y un disparate de abandono acompañará al
visitante, donde el único sucedáneo de vida es el
local de bocadillos, en un punto esquinado y acechante de La Galería,
desde donde proyecta una luz amarilla y sólida.
Una
vez dentro se diría que algo ha sucedido, el visitante mirará atrás,
a la calle, para comprobar que la vida corre allí sin pausa,
pues el interior parece aquejado de una enfermedad de caos que
hubiera dejado todo exhausto de polvo donde podrá recorrer
una veintena de locales, la mayor parte vacíos y de toda índole: “Salón
Recreativo Máquinas Electrónicas”, Joyería
El duro de plata, Bar El Paso, Viajes El Águila.
Caminando
por su interior, iluminado por la luz helada de fluorescentes al
desnudo, el visitante sabrá de la relatividad del tiempo,
en los pasillos de goteras y ecos, se apercibirá de cómo
su alma se cuaja lenta, absorbida casi por el espíritu de
la huída mientras observa el desastre de abandono de los
locales. Así, si mira por los cristales del Salón
Recreativo con “AIRE ACOND”, adivinará futbolines
y pinballs, sillas y aire quieto y creerá comprender al
leer en su puerta de vidrio: “Horario de 10 a 18hrs. Disculpen
las molestias, pronto volveremos al horario habitual”. Se
diría que el horario habitual abortó en hastío,
sin nadie que lo recogiera.
En
Viajes El Águila, el visitante tendrá una ilusión
de vida, con muebles de oficina ordenados, mesas pulcras y publicidad
multicolor. Sin embargo, al mirar al suelo encontrará puñados
de cartas echadas por debajo de la puerta sin recoger, como si
Viajes El águila se hubiera estancado en un festivo que
nunca cedió en lunes.
“Ropa
Gisbert para niños de cero a dieciséis años” es
una galería al natural de los horrores. Sin concesiones
al visitante muestra con obscenidad vestidos de niñas, pantaloncitos
cortos, braguitas caladas y calcetines de encaje. Se trata de ropa
de huérfanos exhibida por ausentes.
Este
muestrario infantil hundido en el tiempo parecería que fuera
a envejecer en ropa para jóvenes primero y en ropa para
adultos después: crucificada en las vitrinas sin dependientes,
como única señal del paso del tiempo, se avejentaría
y crecería con cada mirada del visitante.
En
este espacio de locales sin propietarios, es posible comprobar
cómo el absurdo vino de visita y se instaló para
ahuyentar al tiempo. Pegado en el cristal del Bar El Paso su testamento
reza: Local en reforma 10-8-1998. Y está, el bar, perfecto
en su armonía de taburetes, polvo y desencuentros, por una
reforma que nunca empezó o murió antes de tiempo.
La
Galería Comercial es un pueblo abandonado de Castilla, con
sus enseres completos, trasladado al centro del bullicio y dejado
en un sindiós de vacíos en el que ni los olores encuentran
su sitio: Allí nada huele. Y eso asustará al visitante
que no ande avisado, pues hasta lo muerto tiene su olor. No hay
presencia de fantasmas, no hay sombras, sólo hay destierro
precipitado, un destiempo de negocios sin celo que conforman una
breve tierra que carece de dueño y que fue trasladada a
un subterráneo bajo las pisadas de viandantes apresurados,
de turistas interrogantes, con cuatro salidas que van a dar a grandes
bancos, a cafés de moda, a parada de taxis, a revuelo de
compradores.
Hay,
empero, un algo que lo conserva. Un cubo azul bajo la gotera, unos
cierres metálicos echados al anochecer y en fin de semana.
Unos cerramientos que temen, sin duda, a la demasiada vida imposible
de tragar, a que viren los silencios en este espacio de duelos. |