| La
niebla cae y cae, la acompaña un chirimiri de desánimo
(muy cerca suena un riachuelo, como una fuga). Todo está
blanco a mi alrededor y al andar voy rompiendo una Atlántida
de agua evaporada donde parece que el mundo nace a mi paso (allí
donde antes había blanco ahora aparece una silla, un enano
de piedra, unas plantas con brillo de lechuga de plástico).
Me muevo despacio, temiendo romper la luz blanda de este escenario
encalado (y un hombre de mono azul cruza por delante de mí
y desaparece refugiándose en su sombrero negro).
Entro
en casa cuando un jirón de niebla ameriza frente a mi ventana,
trayéndome un crepúsculo de recuerdos: es un gran
copo de nieve usada que me rodea (el sol no saldrá jamás,
la luna tampoco). Voy hasta el armario para ponerme un jersey rojo
y suave que ahuyente la calamidad de frío de mis huesos blancos,
me froto la nariz y respiro. Anegado de niebla exhalo despacio un
vaho de brujas transparentes que asciende con risas de guiñol
recién acabado.
Me
froto la cara y leo otro relato, quisiera saber dónde he
estado todo este último año.
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